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¿Tus planes o los de Dios?

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¿Tus planes o los de Dios?
  • Como mujeres nos gusta tener el control, disfrutamos haciendo planes y organizando cada uno de los pasos para llevarlos a cabo.
  • En el afán por conseguir las cosas a nuestra manera, no esperamos en Dios ni en su tiempo, por lo que nos apresuramos y terminamos estrellándonos contra la pared o contra el suelo.
  • Los planes de Dios siempre prevalecen sobre los nuestros y Dios cumple su propósito soberano a pesar de nuestras intervenciones equivocadas, pues nada de eso va a impedir que Dios cumpla su voluntad.

 

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¿Tus planes o los de Dios?

Por Mónica Carvajal

Como mujeres nos gusta tener el control, disfrutamos haciendo planes y organizando cada uno de los pasos para llevarlos a cabo. Seguramente, si eres como yo, tienes una lista de cosas que te gustaría hacer y la fecha exacta en la que te gustaría ver el resultado final.

Pero, querida hermana, las cosas no siempre se dan como nos gustaría. La vida es más complicada de lo que pensamos, así que los planes y proyectos se pueden ver frustrados por la intervención de otra persona, nuestro propio pecado, etc.

¿Te ha pasado alguna vez? Seguro que sí y sé que, además, has podido percatarte de que no tienes el control como te gustaría. Tal vez las decisiones que has tomado para conseguir el objetivo deseado han producido un resultado totalmente diferente, y las consecuencias han sido demasiado difíciles de asumir para ti misma o para quienes te rodean. 

¿Sabes por qué sucede esto? Porque, en el afán por conseguir las cosas a nuestra manera, no esperamos en Dios ni en su tiempo, por lo que nos apresuramos y terminamos estrellándonos contra la pared o contra el suelo. Luego, intentamos buscar culpables y nos quejamos o murmuramos en nuestro corazón contra Dios.

El ejemplo de Sarai

Seguro conoces la historia de Abram, cómo Dios se le apareció un día y le hizo una promesa diciéndole: «“Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”.» (Gn 15:5b). 

Después de ese momento pasaron casi diez años y Sarai, mujer de Abram, era estéril. Con el paso del tiempo, sus cuerpos envejecían. Así que, como el cumplimiento de la promesa por parte de Dios se veía lejano y un poco difícil de alcanzar, Sarai no tuvo ningún problema en crear un plan para que esa promesa de Dios se llevara a cabo (como si Dios necesitara su intervención para cumplir su propósito y su plan soberano).

La primera decisión equivocada de esta historia la tomó Sarai, al ofrecerle su sierva Agar a Abram (v. 3), para que de ella, conforme a la cultura de la época, tuviera un hijo (Génesis 16:1-2). La segunda decisión equivocada la tomó Abram al atender el ruego de Sarai (v. 2b). Cuando Abram se llegó a Agar, ella concibió y el desprecio hacia su señora (Sarai) se apoderó de ella (v. 4). 

Sarai, en su afán por convertirse en la madre de tantos descendientes como estrellas hay en el cielo, no dudó en tomar el control de la situación en sus manos. El plan no era «malo» desde el punto de vista cultural; sin embargo, espiritual y familiarmente terminó siendo un fiasco. 

La mala decisión de Sara y Abram, en su deseo de «ayudar» a Dios a cumplir su promesa, resultó en tragedia. La relación en su matrimonio se volvió tensa cuando ella vio la forma en la que su sierva empezó a tratarla cuando quedó embarazada (v. 5). Como resultado, Sara empezó a maltratar a su sierva Agar y esta huyó al desierto (v. 6). Allí el ángel del Señor le dice: «“Vuelve a tu señora y sométete a su autoridad”, le dijo el ángel del Señor. El ángel del Señor añadió: “Multiplicaré de tal manera tu descendencia que no se podrá contar por su multitud”. El ángel del Señor le dijo además: «Has concebido Y darás a luz un hijo; Y le llamarás Ismael, Porque el Señor ha oído tu aflicción.”» (v. 9-11).

Dios cumple su promesa

Agar, la sierva de Sara, daría a luz a Ismael, pero este niño no era el hijo de la promesa que Dios le había hecho a Abram. En Génesis 17:15-18, Dios, luego de haberle cambiado el nombre a Abram, de «padre de muchos» a Abraham «padre de muchas naciones», también cambia el nombre a Sarai, de «mi señora o mi princesa» a Sara «señora o princesa» o «la princesa de una multitud». 

De esta manera, Dios confirma el pacto con Abraham, declarándole que el hijo de la promesa vendría de Sara, quien en ese momento tenía 90 años. Dios bendeciría a Ismael, a petición de Abraham, pero las bendiciones del pacto y las promesas de Dios se llevarían a cabo por medio de Isaac, el hijo de la promesa, cuyo nombre fue dado por Dios mismo (v. 19-22).

 Asumiendo las consecuencias de las decisiones

Unos capítulos más adelante, en Génesis 21, leemos acerca del nacimiento de Isaac y encontramos el inicio del conflicto entre él e Ismael.

Si alguna vez te has preguntado de dónde viene esa enemistad tan compleja en el Medio Oriente, lee la historia de los descendientes de Abraham. Los judíos descienden del hijo de Abraham y Sara, el hijo de la promesa: Isaac. Por otro lado, los árabes son de la línea genealógica del hijo de Abram con Agar, la esclava egipcia: Ismael.

Como consecuencia de una decisión que se tomó sin contar con la dirección de Dios, Abraham tuvo que seguir el consejo de su esposa y la confirmación por parte de Dios, y despedir a su hijo Ismael. Imagino lo doloroso que esto debió haber sido para Abraham, ya que, independientemente de que Ismael hubiera nacido de una sierva, lo amaba.

Dios no tenía nada en contra de Ismael, pero era claro que él y su madre debían marcharse. Dios bendeciría a Agar y a su hijo, pero ellos no podían quedarse cerca de Abraham, de Sara ni de su único hijo, Isaac (Génesis 22:1-24). 

 ¿Has intentado «ayudar» a Dios?

La historia de Sara y Abraham es un ejemplo de las consecuencias que una mala decisión o un mal consejo puede traer a nuestras vidas: relaciones dañadas, pleitos, guerras, dolor y sufrimiento. 

Sin embargo, es importante que recordemos que nuestras malas decisiones, los planes que fracasan debido a nuestro pecado de incredulidad, de duda o de control no tienen la última palabra.

Los planes de Dios siempre prevalecen sobre los nuestros y Él siempre cumple su propósito soberano, a pesar de nuestras intervenciones equivocadas, pues nada de eso impedirá que Dios cumpla su voluntad. 

No nos apresuremos a tomar los asuntos de nuestras vidas en nuestras propias manos, porque, querida hermana, ni tú ni yo sabemos los planes de Dios, pero Él siempre cumple su Palabra.

Así que, para no de dar lugar a la duda y a la desesperación cuando las cosas no sucedan como queramos, pidámosle a Dios sabiduría, sometámonos a Él, esperemos en su tiempo y descansemos en sus promesas.

Dios redime nuestros errores y puede cumplir su plan perfecto, a pesar de nuestras equivocaciones 

Por lo tanto, descansa y confía; Dios controla tu vida.

 

Aprende  

  • Lee Proverbios 3:5-6 y responde: ¿En quién debe estar puesta tu confianza? ¿Por qué? ¿Cuál es el beneficio de reconocer a Dios en todo lo que haces? ¿Cómo puedes aplicar este versículo a tu vida a la hora de tomar decisiones?
  • Lee Proverbios 15:22 y responde: ¿Por qué es importante buscar consejo antes de tomar  decisiones?

Vive          

Si has tomado una decisión que ha ido en contra de la voluntad revelada de Dios no te desanimes.

  • En oración busca el rostro de Dios, reconoce tu pecado (tu falta de fe, tu deseo de controlar la situación, tu desobediencia, etc.), pídele perdón a Dios y ríndele tu voluntad y deseos.
  • Memoriza los siguientes versículos:

«Al Señor nuestro Dios pertenece la compasión y el perdón, porque nos hemos rebelado contra Él,» (Daniel 9:9).

«Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, Y guíame en el camino eterno.» (Salmos 139:23-24).

Lidera 

  • Comparte con alguna mujer lo que has aprendido por medio de la historia de Sara y Abraham. Luego, cuéntale una situación personal en la que tú actuaste de una manera parecida, por ejemplo: tomando decisiones basadas en lo que la sociedad dice y no en lo que Dios ha manifestado en Su Palabra. 
  • Anima a tus amigas, por medio de tu experiencia, a esperar y a confiar en Dios.

 

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