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Cómo vencer la inconstancia

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Cómo vencer la inconstancia
  • La permanencia, el no abandonar, el resistir y el continuar a favor de lo que es agradable al Señor solo se logra a través del fruto del Espíritu Santo y es precisamente ese fruto lo que hace que cada área de nuestras vidas sea diferente. 
  • Las obras de Cristo a nuestro favor son las que deberían impulsarnos a no dejar a medias las obras que Él ha preparado para que andemos en ellas por amor a su nombre. 
  • La fidelidad y la permanencia se fabrican a través de las circunstancias que las exigen y de la misma manera que sucede con un programa de entrenamiento: el músculo únicamente crece cuando recibe un estímulo realmente importante y frecuente a lo largo del tiempo.

 

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Cómo vencer la inconstancia

Por Daniel Cabús

Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar la bella ciudad de Cádiz. En ese lugar, justo frente al paseo marítimo, se encuentra un árbol centenario cuyo tronco tiene una medida aproximada de unos 2 metros de ancho; es realmente impresionante. La copa de ese árbol es increíblemente frondosa, pero hay un detalle que es imposible no ver: una de sus ramas, una muy pesada, está sostenida por una especie de brazo metálico que el ayuntamiento debe haber puesto para que el peso no rompa aquella enorme y envejecida rama. Lo más hermoso de ese árbol no es lo grande que ha llegado a ser, sino el tiempo que ha permanecido y lo profundas que seguramente son sus raíces. Es igual de hermoso que ver a una pareja de ancianos caminando tomados de sus manos desgastadas por el tiempo. La permanencia de aquel árbol y la fidelidad de aquella pareja anciana hoy están en peligro de extinción. 

La permanencia, el no abandonar, el resistir y el continuar a favor de lo que es agradable al Señor solo se logra a través del fruto del Espíritu Santo, y es precisamente ese fruto lo que hace que cada área de nuestras vidas sea diferente. Pero ¿por qué a veces somos tan inconstantes? La respuesta es tan aterradora como difícil de pronunciar: porque somos fieles a nosotros mismos. Abandonamos porque, cuando los problemas acechan, el miedo nos arropa y olvidamos el amor de Dios hacia nuestras vidas, de manera que, cuando las expectativas no son satisfechas, la inercia del corazón humano tiende a buscar nuevos horizontes, no a permanecer. 

Por tanto, la ausencia de permanencia contiene al menos tres elementos:

  1. Ausencia de Dios en el corazón del hombre. 
  2. Inmadurez en el corazón del nuevo creyente.
  3. Abuso de confianza en sí mismo en el creyente «aparentemente maduro», que no reposa en la esencia del amor inquebrantable que permanece para siempre. 

Déjame contarte una historia. No hace mucho, experimenté ciertos malestares estomacales y físicos que me mantenían muy cansado. No me había percatado, pero movía muy rápido la rodilla mientras comía y, de un día para el otro, sentía el pecho muy comprimido. La enfermedad del siglo XXI había tocado la puerta de mi corazón: la ansiedad estaba más que al acecho; nunca había notado algo igual. 

La sensación de agobio mental puede ser extenuante; sin embargo, por una obra divina, motivada por el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, las promesas fieles y permanentes hasta la eternidad de nuestro Dios y Padre salieron a mi encuentro, pues son únicamente esas promesas en Cristo las que pueden dar sentido al corazón en momentos de desesperación y abandono. Las obras de Cristo a nuestro favor son las que deberían impulsarnos a no dejar a medias las obras que Él ha preparado para que andemos en ellas por amor a su nombre. 

La fidelidad y la permanencia se fabrican a través de las circunstancias que las exigen y, de la misma manera que sucede con un programa de entrenamiento, el músculo únicamente crece cuando recibe un estímulo realmente importante y frecuente a lo largo del tiempo. La permanencia solo crece cuando se someten a prueba las convicciones del corazón. Recuerda que Jesús, impulsado por el Espíritu Santo (Lc 4:1-13), fue llevado al desierto y tentado tres veces; su fidelidad fue sometida a prueba, pero Él fue fiel a la gloria de Dios y no a los apetitos temporales (riqueza, comida, poder, etc.). 

No obstante, la permanencia hoy en día está infravalorada, pero en el cielo los ángeles se gozan cuando la ven en la vida de los escogidos del Señor. Desafortunadamente, nuestra generación está marcada por los abundantes estímulos que proveen un camino que se vive para el placer, el disfrute inmediato y la invitación constante a seguir remando hasta los horizontes de otro nuevo y retador estímulo. Gloria a Dios que el evangelio nos muestra un camino diferente.

Por otra parte, uno de los elementos más conocidos en la teoría del entrenamiento es conocido como la rutina, la cual es la estructura de un conjunto de ejercicios que deben ser repetidos permanente y frecuentemente a lo largo de un tiempo establecido. La teoría enseña que una rutina no debería cambiar semana a semana, ya que el cuerpo y el cerebro necesitan crear microadapataciones musculares para mejorar y, en definitiva, adherirse de mejor forma al estímulo planteado, pero tú y yo sabemos que en la práctica no sucede así. 

Recuerdo muy bien a un alumno que únicamente se mantenía fiel al programa «cuando encontraba algo nuevo en la rutina». La fidelidad y la constancia en la rutina también nos fallan en la vida. La cotidianidad de algo nos desespera, por alguna razón nos impulsa a abandonar aquello que pensamos que ya hemos hecho demasiado. El pecado ha distorsionado tanto nuestros afectos que, cuando algo no nos hace sentir como antes, lo queremos reemplazar o abandonar; sin embargo, el evangelio nos muestra un camino diferente.

A Dios le encanta trabajarnos y hacernos a la imagen de su Hijo en la rutina, a lo largo de un proceso repetitivo y constante. Así es como el proceso y la rutina del día a día nos permiten disfrutar más de la gracia de nuestro Señor. Aunque la rutina sea la misma, aunque los días no cambien, aunque el programa de ejercicio ni la dieta se modifique, su gracia, su amor y su gran misericordia son nuevas cada mañana para cada área de nuestras vidas. Esa es la razón del proceso: nos permite conocerlo más y más. Por tanto, la fidelidad y la constancia son el resultado del disfrute del Señor en medio de la cotidianidad, de la rutina y las circunstancias que se nos presentan en la vida, ordenadas bajo la dirección de su soberanía.

Si deseas ser como aquel árbol centenario robusto y fuerte en tus hábitos saludables y en cualquier área de tu vida espiritual como creyente, necesitas saber que ese árbol pasó por grandes tormentas, huracanes, intentos de ser talado y derribado, pero, a pesar de eso, permaneció donde debía estar: aferrado a la tierra que le daba la vida. Entonces, tú aférrate al Señor que le da vida a tu corazón, para que, cuando la inconstancia venga a querer cortar y talar tus ramas, tus raíces se anclen más y más profundamente en el Dios que creó tu cuerpo y tu corazón.

 

Aprende:

  • La permanencia espiritual es fruto del Espíritu Santo, no de nuestro esfuerzo humano.
  • La inconstancia surge cuando somos fieles a nosotros mismos en lugar de a Dios.
  • El evangelio nos muestra un camino diferente al del placer inmediato y los estímulos constantes.
  • Dios usa la rutina y los procesos repetitivos para conformarnos a la imagen de Cristo.
  • Las promesas de Dios son el ancla que nos sostiene en momentos de desesperación y abandono.

Vive:

  • Identifica áreas de tu vida donde la inconstancia te esté afectando.
  • Aprende a ver la rutina como una oportunidad de crecimiento, no como una carga.
  • Ancla tus hábitos saludables en las promesas de Dios, no en motivaciones temporales.
  • Acepta que el crecimiento espiritual y físico requieren tiempo y consistencia.
  • Practica el contentamiento en medio de la rutina, recordando que la gracia del Señor es nueva cada mañana.

Lidera:

  • Inicia un grupo de rendición de cuentas para mantener la consistencia en hábitos saludables.
  • Comparte tu testimonio sobre cómo Dios te ha ayudado a vencer la inconstancia.
  • Organiza un «desafío de consistencia» en tu iglesia que combine metas espirituales y físicas.
  • Desarrolla un sistema de apoyo mutuo para momentos de desánimo y para cuando sientas tentación de abandonarlo todo.
  • Crea recursos prácticos que ayuden a otros a mantener la constancia en su camino de salud.
  • Establece un ministerio de mentoría que ayude a otros a desarrollar hábitos saludables duraderos.

Recuerda: Al igual que el árbol centenario, nuestra fortaleza viene de estar profundamente arraigados en Dios. La verdadera consistencia no se trata de fuerza de voluntad, sino de permanecer fielmente conectados a la fuente de vida: Cristo.

 

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